Para Entrenar A Un Niño
por Michael y Debi Pearl
Culpabilidad
Sólo habrá culpabilidad cuando uno honestamente se juzga digno de acusación. Uno pudiera convencerse indebidamente de una responsabilidad, pero la culpabilidad no deja de ser la auto incriminación por un acto que se percibe como malo. La conducta mala acarrea culpabilidad. Lo mismo sucede con el rechazo o la ridiculización, si el niño se llega a convencer de que él es el que está mal.
Los padres emocionalmente inestables a veces usan la culpabilidad para manejar a sus hijos. Padres que intentan avergonzar o humillar a sus hijos para que hagan lo correcto podrán conseguir que el niño temporalmente se someta. Pero la obediencia que procede de la desesperanza de la culpabilidad sólo profundiza la culpabilidad, alejando al niño aún más del contacto con el verdadero arrepentimiento y la restauración.
La culpabilidad nunca restaura por sí misma. Es decir, no tiende hacia acciones menos dignas de censura. Por el contrario, el alma culpable está esclavizada por cualquier tentación. La culpabilidad lo coloca a uno fuera del alcance de los frenos sicológicos normales. La desesperanza de la culpabilidad elimina la motivación para hacer lo correcto. La congoja producida por el fracaso abate lo que uno espera de sí mismo. La culpabilidad abate la auto estima hasta el punto en que uno no espera más que el fracaso.
Esta realidad ha hecho que muchos sicólogos modernos vean la culpabilidad misma como el problema. Ver la culpabilidad como si fuera la enfermedad es como tratar el dolor de muela pero no tratar la muela misma.
La culpabilidad es parte esencial de nuestro “yo” natural, moral. Sin ella seríamos como detectores de humo sin alarma. Pero la culpabilidad es sólo un medio para llegar a un fin, una condición temporal. Es el dolor del alma, como cuando tocamos algo caliente, diseñado para advertirnos que debemos cambiar nuestras acciones. Es una gran bendición sentir culpabilidad genuina. Es una señal de vida, una respuesta sana.
Frecuentemente vemos que las almas culpables que se han resignado a su condición, se imponen dolor y sufrimiento a sí mismas. Este auto abuso es un intento inconsciente de “pagar los platos rotos.” La conciencia está indeleblemente marcada con la convicción de que el pecado merece castigo. Intuitivamente sabemos que la maldad no sólo merece, sino que un día recibirá su castigo. Desde el más temprano despertar de la conciencia, el niño es presa de esta realidad. Sigue siendo una de las presuposiciones básicas de la vida.
La culpabilidad es el testigo principal de la justicia en contra del pecador. Si el problema de la culpa no se resuelve, encadenará al condenado en la miseria eterna de sus pecados. Como un celoso y aguerrido fiscal, la conciencia no abandonará su caso mientras no se asegure de que se haya hecho la justicia. Un alma culpable es aquella que siente que merece un castigo proporcional a la ofensa. Esta es una realidad sicológica. El alma cargada de culpa clama pidiendo los “latigazos” y los “clavos” de la justicia. Es por eso que el alma del hombre jamás descansará mientras la conciencia no haya sido purificada mediante la mirada de fe hacia el Cordero de Dios crucificado y sangrante.
El cristiano es liberado de su culpabilidad mediante el Salvador quien llevó la maldición de sus pecados, pero sus hijos aún no pueden entender que el Creador ha sido azotado y clavado en el lugar de ellos. Sin embargo, no es necesario que los padres esperen hasta que sus hijos tengan edad para comprender la muerte vicaria de Cristo para limpiar a sus hijos de culpa. Dios ha provisto a los padres una herramienta con la que pueden limpiar la culpabilidad de sus hijos—la vara de la corrección.
Observé a un niño pequeño quien, al ser sorprendido en una maldad, volvió la espalda hacia sus padres, se bajó el pañal, y se dió tres palmadas en el trasero descubierto. La ofrenda, aunque simpática, no fue aceptada. Debe ser el legislador quien administre esta clase de castigo para que elimine eficazmente la culpa. El niño no conoce sino un solo legislador—sus padres.
No sigan la filosofía moderna de tratar de eliminar culpabilidad adulterando las normas o inflando con falso valor al niño culpable. Mantén elevadas las normas—a la altura de Cristo. Deja que venga la culpabilidad, y mientras el niño aún es demasiado pequeño para entenderlo, purga su culpabilidad por medio de la vara. Cuando finalmente llegue el entendimiento, asimilará fácilmente los principios de la cruz.
Este es un extracto del libro:
Para Entrenar A Un Niño, por Michael y Debi Pearl






