Abandonando el Barco

por Michael Pearl

     Hoy en día, los hijos se están “divorciando” de los padres: abandonan el hogar antes de tiempo, rechazan la autoridad y dan la espalda a la cultura de sus padres. Lo hemos estado llamando “abandonando el barco” pero “divorciando” es más exacto. El divorcio produce, por un lado, dudas en uno mismo y, por otro lado, imputación de culpa. Echar a otros la culpa generalmente prevalece; es más cómodo así.
     Nunca te imaginaste que llegaría a esto. Cuando tu hijo tenía unos diez años, notaste que no parecía disfrutar de tu presencia. Le eras una fuente de irritación. Era como si quisiera decirte algo pero nunca lo decía. Se daba la vuelta en frustración y buscaba amistades fuera del hogar. De vez en cuando, explotaba con enojo, por alguna cosa y te echaba a ti la culpa. Recuerdas que dijo, “¡Es que no entiendes!” Lo decía con una entonación de acusación. Pudo haber llegado al grado de acusarte de que él no te importaba. Pensabas que era una etapa nada más, y que pronto la superaría, pero sólo se fue hundiendo más profundamente en su soledad. Luego un día, cuando ya estaba grande y tenía algo de recursos, simplemente se fue. Hubo enojo, las palabras se dispararon como balas. Las acusaciones cayeron como bombas y se convirtió en una guerra verbal de venganza, y durante todo ese tiempo no podías creer que realmente estaba pasando. Pero sucedió. Y conociste el fracaso como nunca antes lo habías conocido. He conocido a padres que, tras perder a su primer hijo, simplemente se dieron por vencidos con el resto de la familia, y todos se fragmentaron y se desbarataron como un avión que perdió sus alas.
     Ahora vamos a hablar de lo que debes hacer si tu hijo ya ha abandonado el barco. ¿Cómo debes responder? ¿Será demasiado tarde? ¿Se habrá perdido todo, o aún queda esperanza, aún hay alguna manera de recuperarlo? En cada conflicto humano, dos tercios de una respuesta correcta consisten en no hacer lo que no debes. Si nosotros los humanos simplemente pudiéramos apagarnos como una máquina, para no hacer nada, ya habríamos avanzado dos terceras partes en el camino hacia la recuperación. Lo más probable, es que fue tu boca la que cavó este pozo en un principio, y te advierto que puede ser tu boca la que ahora lance tierra inmunda al rostro de tu hijo alejado. Si no controlas tu lengua, tu religión es vana (Santiago 1:26), porque la lengua es un fuego que es encendido por el mismo infierno (Santiago 3:5-6). La misma boca no puede alabar a Dios en la iglesia y maldecir a tu hijo en el hogar (Santiago 3:10).
     No hay nada que nos provoca a ira más rápidamente que cuando nuestros “fracasos” nos contestan contradiciéndonos. Reconozcámoslo. Es tu propia pérdida que causa tu enojo–tu pérdida de paz, pérdida de control, pérdida de prestigio y respeto, pérdida de tu vida “perfecta”. “¿Cómo pudiste hacerme esto, a MÍ, después de todo lo que he hecho por ti?” Echándole la culpa.
Como pecadores, tendemos a responder a la crítica y al rechazo con ira. Lo tomamos como un ataque inmerecido sobre nosotros. Pensamos: ¡Pelea! ¡Defiende tus derechos! ¡PUM! Tú me lastimas y yo te voy a lastimar más. ¡Me las vas a pagar! Regresarás arrastrándote y rogándome que te perdone. “Yo, su majestad, esperaré tu humilde disculpa y entonces, tal vez, se apaciguará mi ira. El infierno se ha ensanchado. El sólo recordar que somos humanos, hijos de Adán, nos debe humillar. El orgullo es el combustible del fuego infernal, y cada uno de nosotros es una fuente ilimitada de combustión.
     Es culpa del muchacho, ¿verdad? Cuidado con las acusaciones. Son el primer refugio del culpable. Las acusaciones son el fin de la creatividad. Es una calle sin salida, que es transitada solamente por el placer oscuro y solitario que da. Cuando acusas, estás rechazando la esperanza de mejorar las cosas, porque pones toda la responsabilidad en una persona sobre la cual admites que no tienes ningún control. El echar la culpa te permite jugar a ser Dios por un momento, un dios con prejuicios que se sienta a juzgar sin misericordia. A Satanás le encanta el espíritu de acusación. Viene en una nube oscura que no permite misericordia y rehúsa entender el fondo de las cosas. La acusación es una visión de mente cerrada, que excluye cualquier perspectiva positiva y amplifica la culpa hasta el nivel criminal. La acusación es una forma de hervir la desilusión hasta que se convierta en un odio espeso. La acusación es la consolación del diablo y su toque final sobre todo el pecado y fracaso humano. Si uno va por ese camino, regresará sin nada más que amargura y la satisfacción de saber que “no era culpa suya”. Pero el fin será el mismo, sin importar de quién era la culpa.
     Sucedió ante tus ojos. Tu hijo no llegó al mundo enojado y quebrantado emocionalmente. Hasta ahora, todo lo que he hecho, ha sido informarte que todas tus respuestas solamente han empeorado el problema. No ha sido para castigarte, sino para hacerte dejar las acusaciones. El primer paso hacia la recuperación de tu hijo debe ser que pongas tu corazón bien con Dios. Quiero que dejes de cavar el hoyo más y más hondo. He estado actuando como profeta, llamándote al arrepentimiento. Es el único punto de partida.
     Tienes que llegar a ser lo que esperas que tu hijo llegue a ser, si lo has de traer al arrepentimiento. Tienes que ser una persona de gozo, paz y amor. Tienes que conocer a Dios y amarle. Tienes que ser disciplinado y santo en tu propia vida personal. Tienes que cuidar tu matrimonio para que llegue a ser la envidia de todos los que te conocen bien.


Este es un extracto del libro:
Abandonando el Barco, por Michael Pearl