Creada Para Ser Su Ayuda Idonea

por Debi Pearl

     Dios creó a Adán y lo comisionó para asumir una posición de liderazgo. Desde entonces, todo hijo de Adán ha recibido el mismo encargo. El hombre fue creado para gobernar. Es parte de su naturaleza. Pero el único lugar en que gobernarán la mayoría de los hombres es en su propio pequeño reino llamado hogar. Como mínimo, el destino de cada hombre es ser el líder de su propia familia. Negarle esta primogenitura es contrario a su naturaleza y a la voluntad de Dios. Cuando un hombre no está al frente de su pequeño reino ni recibe la deferencia y la reverencia que debe acompañar a ese puesto, su reino no será gobernado correctamente, y los súbditos de ese reino no experimentarán la benevolencia de un rey que realmente los ama y los quiere. Cuando no reverencias a tu marido, privas de algo precioso a tus hijos, a tu marido y a ti misma.
     Cuando el presidente de la nación hace una visita oficial a algún estado, aun cuando no sea popular en ese estado, todos invierten mucho tiempo y energías haciendo preparativos para su visita. Al llegar, es tratado con respeto. La gente no está reconociendo al hombre ni sus políticas, sino el cargo que ocupa y todo lo que representa. Dios constituyó a tu marido como “presidente” de tu familia. Tu marido no está allí para mostrar deferencia por ti ni para ser tu ayudante. NO ES la voluntad de Dios que tu marido te reverencie a ti. No es el plan de Dios que tú permanezcas sentada a la mesa o en tu sillón esperando que él se sirva solo. Nuestra sociedad moderna nos ha condicionado para esperar que él nos sirva a nosotras. Lastima nuestros sentimientos si él no hace cosas que sentimos que nos debe, pero ése no es el plan que Dios estableció. Nuestra falta de conocimiento y confianza en las palabras escritas de Dios nos han llevado a aceptar una mentira cultural. Nuestra cultura está diametralmente opuesta a Dios a cada paso. Es tiempo de reconocer que las doctrinas feministas han contaminado casi todas las escuelas públicas e incluso a algunos de los mejores maestros cristianos. Dios dice en Oseas 4:6: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos.”
     Las mujeres temen perder algo de su propia dignidad si se rinden ante un hombre que es menos que maravilloso. La rendición de tu autonomía a otra persona no es cosa de cobardes. La gente dice de una mujer obediente: “Ah, ella simplemente es de carácter apocado y tímido. Necesita hacer su propia vida.” No saben lo que dicen. No se trata de doctrina abstracta, compleja; es práctico y pragmático. Entre más reverencia muestro hacia mi marido, más me atesora y me trata como su reina. Dios hizo al hombre de tal manera que nuestra deferencia y respeto alimentan su tendencia a mostrarnos ternura y protegernos.
     La reverencia no es únicamente tu manera de actuar; es tu manera de sentir y de responder con palabras y tu lenguaje corporal. No basta que te levantes para servirle; tu mirada y el movimiento rápido y libre de tu cuerpo debe expresar el deleite que encuentras en servir a tu marido. No puedes engañar a un hombre. Él puede ver tu corazón tan bien o mejor que tú misma. No pierdas de vista su plato para que puedas adelantarte a sus necesidades. Deferencia es una taza de té caliente mientras le quitas los zapatos después de un día de trabajo pesado. Es una cara alegre cuando él regresa después de estar fuera por un tiempo corto. Es gratitud por su atención y afecto. Deferencia por tu marido es la cumbre de la femineidad. Hace que una mujer sea bella, amable y hermosa para todos, pero especialmente para él.
     El siguiente relato es un ejemplo de lo opuesto a la reverencia.

No Me Despeines
     Hace algunos años asistí con mi marido a una reunión en la que un grupo de hombres líderes estaban comentando asuntos muy serios, tratando de llegar a una conclusión respecto a qué acción debían tomar. Los hombres estaban sentados en un círculo, con sus esposas sentadas a su lado o inmediatamente atrás de ellos. Frente a mí estaba un hombre joven, serio y sobrio al que llamaré Carlos. Estaba allí con su atractiva esposa. En uno de los momentos más intensos de la conversación, Carlos se reclinó y le pasó el brazo sobre los hombros de su esposa. Ella inmediatamente reaccionó con obvia irritación, quitando su brazo de sus hombros, e inclinándose hacia adelante como para escapar a su abrazo. Luego acomodó cuidadosamente su cabello donde él la había despeinado con su brazo. La mente de él se apartó súbitamente del problema serio que trataban, para concentrarse en ella—mientras casi todos los presentes también se fijaron en ella. Para ella, sacudírselo no había sido nada, pero para todos los presentes (incluyendo a su marido) era un acto humillante, como si fuera un insensato niño inepto. Todos sintieron su humillación. Después de eso, Carlos no volvió aportar nada al diálogo. Durante el resto de la reunión, estuvo cabizbajo, regañado, con sus manos en su regazo. Yo sentía ganas de levantarme y darle una sacudida a esa mujer hasta que le cascabelearan los dientes. A ella le hubiera sorprendido saber que todos los presentes sintieron un rechazo extremo hacia ella por su reacción tan egoísta. Ella siguió arreglándose el cabello, inconsciente de que acababa de mostrar una total falta de honor y reverencia hacia su marido, e inconsciente de que estaba perdiendo el tiempo tratando de verse bonita, porque acababa de perder todo lo que es hermoso y femenino en ese solo acto de rechazo.
     Cargando con esa clase de rechazo diariamente, Carlos jamás podrá realmente atesorar a su esposa, y nunca contará con lo necesario para ser un ministro o líder eficaz. Sí, ella es su esposa, e indudablemente que la seguirá amando. Pero su amor siempre será más bien un intento por ganársela. Mientras no se arrepienta, él no podrá amarla con gozosa despreocupación. El ego de un hombre es una cosa frágil. ¿Cómo puede un hombre atesorar a alguien que tiene en tan poca estima la reputación de él?
     Su acción fue un testimonio de la condición de su corazón. Le interesaba más su peinado que el honor de su marido. Se estaba rebelando contra Dios al no reverenciar a su marido. Reverenciar es un verbo activo. Es algo que haces. No es primordialmente un sentimiento. Es un acto voluntario. A medida que reverenciamos y honramos a nuestros maridos, ellos serán libres para madurar delante de Dios y ministrar a otros. Carlos no era libre; estaba turbado y atado interiormente.
     A pesar de lo que una mujer pudiera sentir respecto a su marido, puede decidir honrar y obedecerlo. Se le ordena al marido amar a su esposa. Tiene que ver con lo que siente por ella. Puedes decidir hacer lo que debes hacer mucho más fácilmente que lo que puedes ser motivada a actuar por tus sentimientos. Como dijimos antes, cuando decides hacer lo correcto, pronto se agregarán los sentimientos.

“La mujer insensata es alborotadora; es simple e ignorante” (Proverbios 9:13).

“La mujer sabia edifica su casa; mas la necia con sus manos la derriba” (Proverbios 14:1).

No es Justo
     No parece justo que se espere que la esposa honre y obedezca a su marido aun cuando él no se haya ganado el derecho; sin embargo, ella también debe ganarse el derecho de ser amada. Si ella tiene que honrarlo sin importar cómo actúe él, ¿por qué no debe él amarla sin importar cómo actúe ella? Si mi marido estuviera hablando con los señores, les diría que amaran a sus esposas, sin importar cómo se porten. Pero recuerda, ésta soy yo, la mujer anciana, enseñando a las mujeres jóvenes lo que pueden hacer para que su matrimonio sea divino. No puedes obligar a tu marido a amarte, y no tienes derecho de esperar que te ame cuando no eres amable. Pero Dios ha provisto una manera para que la mujer haga que su marido la ame y la atesore. Dios nos dio a las mujeres algunas llaves para llegar a los caminos del corazón del hombre. Dios ha dispuesto las cosas de tal manera que podemos manipularlo para que cumpla con el deber que Dios le ha dado. Su misma naturaleza es tal que responderá a nosotras si tan sólo lo tratamos con reverencia. El hombre no cuenta con semejante poder para influir sobre su esposa. La mujer no está hecha con los mismos mecanismos de respuesta. Dios no dio a los varones la misma promesa maravillosa que dio a las mujeres, para que puedan ganar a sus esposas con la conducta correcta. Pero la mujer tiene una hermosa esperanza basada en las promesas de Dios.

Este es un extracto del libro:

Creada Para Ser Su Ayuda Idonea, por Debi Pearl. Continuamente nos asombramos al ver lo que Dios está haciendo a través de este libro.